MONÓLOGO ANDRÓGINO
Carli Sotero 21-22-04-2010
Hoy no quiero hablar, no es mi deseo. Tengo una urgente necesidad de vomitar en palabras todos los sentimientos que me están ahogando por dentro. Es un interés rabioso de sacar la porquería que llevo adentro por tanto tiempo. No sé muy bien cómo explicar este impulso, pero es como tener la desagradable sensación de la diarrea, uno no quiere cagar, pero le toca. Hoy me toca hablar, porque si no me contamino por dentro.
Tengo que comenzar por admitir que no tengo ni idea a qué género pertenezco. Parezco mujer, me muevo como hombre, los amo a todos y siento como ser humano. Nunca se me han dado mucho esos paradigmas del género. Que si hombre azul, que si mujer rosado. Me visto y me paro todos los días como me viene en gana. A veces me gusta llevar ropa que me haga ver muy masculina, otros días se me antoja dejarme ver muy femenino. Para mí no hay tanto problema, sólo hasta que llega el maldito momento de llenar formularios con sólo dos alternativas excluyentes. ¿Por qué no puedo trazar una raya en los dos cuadros y ya?
¡Adelante caballero! ¿Qué se le ofrece la dama? No busco un punto intermedio...
Busco sencillamente el lugar en el que me sienta con comodidad. Puede ser una humilde esquina de la existencia y de la humanidad. Un lugar donde nadie me joda la puta vida.
A los que les cae mal, es a los que me conocen desde mi llegada. Siempre me vieron como si fuera un híbrido, les incomodaba la idea de no poderme ubicar con los niños o con las niñas. Mi nombre, Carli, tampoco les dio muchas pistas. Este aspecto de tipo andrógino pone en aprietos a todos, normalópatas de mierda que se creen los más duros porque pueden gritar a los cuatro vientos que son mujer, hombre, lesbiana, gay, transgenerista, bisexual. Escala de grises limitada que aún me deja por fuera; ni una cosa, ni la otra, sino todo lo contrario.
Es que resulta muy difícil entender que no estoy en el sexo, sino encima de éste. Que puedo ser una mujer de delicados modales, completamente prostituida en cama, capaz de complacer al macho más macho de México y dejarlo tan satisfecho que no pueda evitar recordarme y compararme con los siguientes polvos por el resto de su vida. También puedo darme mañas de hacer sentir a una mujer la fuerza y virilidad de un hombre que, no sólo la llena a plenitud, sino que tiene la inmensa virtud de dedicarle el tiempo, de cederle el turno, de besarla sin tapujos en todos sus precipicios, de decirle palabras preciosas y de tratarla como la puta madre que es. Puedo abrirme de trasero, armar mi mano y sus extremidades a manera de órgano del placer, usar trajes atractivos, ponerme postizos, con tal de ver sonreír con honestidad a algún marica, a alguna tortillera, porque no puede creer que tanto placer gratis sea cierto.
Es que mi cuerpo, aunque morfológicamente bizarro, es lo más maravilloso y la mayor pesadilla que me ha pasado. Sentir la materia, los fluidos, las temperaturas, captar lo que pasa en el entorno, no por el maldito cerebro que todo lo quiere explicar, sino por los sentidos que, a pesar de sus limitaciones, me traen emociones maravillosas o inmundas que sirven de estímulos para crearme mi propia idea del mundo. A veces me lleno de emoción y quiero tragarme esta vida material entera, salir corriendo, gritar de alegría, besar a todos los anónimos que deambulan pensando en sus pesares. Otros momentos me muero del susto, el miedo me abarca por completo, la inseguridad se apodera de mi voluntad y no tengo más remedio que refugiarme en lo más escondido de mi soledad para no dejarme ver por nadie que pueda dañarme.
Me da miedo las caras de amargura, los gritos, las reacciones violentas. Espero que no se mal entienda. Lo que me produce pánico es que no logro entender las causas de la violencia. Se escapa de mi comprensión por qué alguien quiere dañar a otra persona, de qué viene tanto odio. Me derrito, en cambio, con los abrazos, los besos y las carcajadas, son como caramelos para mí, me antojo y se me pegan las ganas de querer. Qué mundo tan absurdo en sus extremos, por eso yo soy como una buena síntesis de todo lo bueno y de todo lo malo.
A veces se me antoja que soy un espejo en el que los otros ven el reflejo de sus frustraciones, de sus fantasías más secretas, de sus temores y de sus placeres más pecaminosos. Por eso me evitan, me sacan el cuerpo, es como si mi presencia los vulnerara ante su propia existencia. Eso me pudre, porque no logran entender que yo también tengo mis necesidades, que me gustaría que me vieran a los ojos y me sonrieran.
Tengo la maldita fortuna de sobreponerme a mi propia presencia y realidad, y asumir el rol que se me antoje, aquel que me permita camuflarme en forma de hombre, mujer, híbrido o anfibio, y cuando lo hago, no hay quien me huya. Pero cuando me muestro como soy, con todas esas combinaciones mezcladas al mismo tiempo, les resulto desagradable.
Llegué a este mundo por decisión propia, abandoné el territorio en el que todo lo entendía y lo sabía. Le pedí, le imploré, le rogué, le supliqué, le exigí al Amo de las cosas que me liberara del yugo que me aprisionaba, con la intuición del sentimiento, pero sin poder sentir, oler, reír. Sentí que me sobraba alma y me faltaba cuerpo, que pensaba demasiado y me faltaba pálpito. Me insubordiné y me largué.
Y llegué a un mundo confuso y jodido. No tengo la manera de vivirlo sin que me duela. Ahora me cuesta trabajo encontrarme con mi alma y creo que siento demasiado. No logro controlar llanto, ira, risa, impulso. No manejo eso que se llama sentimiento. Y por más que pienso y pienso, no entiendo nada.
Maldito el momento en el que decidí dejar de ser un ángel y volverme humano. Maldigo mi ambición por querer vivir todo lo posible. Mi sentimiento ahora es de sólo sufrimiento y no encuentro camino de regreso.
Carli Sotero 21-22-04-2010
Hoy no quiero hablar, no es mi deseo. Tengo una urgente necesidad de vomitar en palabras todos los sentimientos que me están ahogando por dentro. Es un interés rabioso de sacar la porquería que llevo adentro por tanto tiempo. No sé muy bien cómo explicar este impulso, pero es como tener la desagradable sensación de la diarrea, uno no quiere cagar, pero le toca. Hoy me toca hablar, porque si no me contamino por dentro.
Tengo que comenzar por admitir que no tengo ni idea a qué género pertenezco. Parezco mujer, me muevo como hombre, los amo a todos y siento como ser humano. Nunca se me han dado mucho esos paradigmas del género. Que si hombre azul, que si mujer rosado. Me visto y me paro todos los días como me viene en gana. A veces me gusta llevar ropa que me haga ver muy masculina, otros días se me antoja dejarme ver muy femenino. Para mí no hay tanto problema, sólo hasta que llega el maldito momento de llenar formularios con sólo dos alternativas excluyentes. ¿Por qué no puedo trazar una raya en los dos cuadros y ya?
¡Adelante caballero! ¿Qué se le ofrece la dama? No busco un punto intermedio...
D e e s o n o s e t r a t a.
A los que les cae mal, es a los que me conocen desde mi llegada. Siempre me vieron como si fuera un híbrido, les incomodaba la idea de no poderme ubicar con los niños o con las niñas. Mi nombre, Carli, tampoco les dio muchas pistas. Este aspecto de tipo andrógino pone en aprietos a todos, normalópatas de mierda que se creen los más duros porque pueden gritar a los cuatro vientos que son mujer, hombre, lesbiana, gay, transgenerista, bisexual. Escala de grises limitada que aún me deja por fuera; ni una cosa, ni la otra, sino todo lo contrario.
Es que resulta muy difícil entender que no estoy en el sexo, sino encima de éste. Que puedo ser una mujer de delicados modales, completamente prostituida en cama, capaz de complacer al macho más macho de México y dejarlo tan satisfecho que no pueda evitar recordarme y compararme con los siguientes polvos por el resto de su vida. También puedo darme mañas de hacer sentir a una mujer la fuerza y virilidad de un hombre que, no sólo la llena a plenitud, sino que tiene la inmensa virtud de dedicarle el tiempo, de cederle el turno, de besarla sin tapujos en todos sus precipicios, de decirle palabras preciosas y de tratarla como la puta madre que es. Puedo abrirme de trasero, armar mi mano y sus extremidades a manera de órgano del placer, usar trajes atractivos, ponerme postizos, con tal de ver sonreír con honestidad a algún marica, a alguna tortillera, porque no puede creer que tanto placer gratis sea cierto.
Es que mi cuerpo, aunque morfológicamente bizarro, es lo más maravilloso y la mayor pesadilla que me ha pasado. Sentir la materia, los fluidos, las temperaturas, captar lo que pasa en el entorno, no por el maldito cerebro que todo lo quiere explicar, sino por los sentidos que, a pesar de sus limitaciones, me traen emociones maravillosas o inmundas que sirven de estímulos para crearme mi propia idea del mundo. A veces me lleno de emoción y quiero tragarme esta vida material entera, salir corriendo, gritar de alegría, besar a todos los anónimos que deambulan pensando en sus pesares. Otros momentos me muero del susto, el miedo me abarca por completo, la inseguridad se apodera de mi voluntad y no tengo más remedio que refugiarme en lo más escondido de mi soledad para no dejarme ver por nadie que pueda dañarme.
Me da miedo las caras de amargura, los gritos, las reacciones violentas. Espero que no se mal entienda. Lo que me produce pánico es que no logro entender las causas de la violencia. Se escapa de mi comprensión por qué alguien quiere dañar a otra persona, de qué viene tanto odio. Me derrito, en cambio, con los abrazos, los besos y las carcajadas, son como caramelos para mí, me antojo y se me pegan las ganas de querer. Qué mundo tan absurdo en sus extremos, por eso yo soy como una buena síntesis de todo lo bueno y de todo lo malo.
A veces se me antoja que soy un espejo en el que los otros ven el reflejo de sus frustraciones, de sus fantasías más secretas, de sus temores y de sus placeres más pecaminosos. Por eso me evitan, me sacan el cuerpo, es como si mi presencia los vulnerara ante su propia existencia. Eso me pudre, porque no logran entender que yo también tengo mis necesidades, que me gustaría que me vieran a los ojos y me sonrieran.
Tengo la maldita fortuna de sobreponerme a mi propia presencia y realidad, y asumir el rol que se me antoje, aquel que me permita camuflarme en forma de hombre, mujer, híbrido o anfibio, y cuando lo hago, no hay quien me huya. Pero cuando me muestro como soy, con todas esas combinaciones mezcladas al mismo tiempo, les resulto desagradable.
Llegué a este mundo por decisión propia, abandoné el territorio en el que todo lo entendía y lo sabía. Le pedí, le imploré, le rogué, le supliqué, le exigí al Amo de las cosas que me liberara del yugo que me aprisionaba, con la intuición del sentimiento, pero sin poder sentir, oler, reír. Sentí que me sobraba alma y me faltaba cuerpo, que pensaba demasiado y me faltaba pálpito. Me insubordiné y me largué.
Y llegué a un mundo confuso y jodido. No tengo la manera de vivirlo sin que me duela. Ahora me cuesta trabajo encontrarme con mi alma y creo que siento demasiado. No logro controlar llanto, ira, risa, impulso. No manejo eso que se llama sentimiento. Y por más que pienso y pienso, no entiendo nada.
Maldito el momento en el que decidí dejar de ser un ángel y volverme humano. Maldigo mi ambición por querer vivir todo lo posible. Mi sentimiento ahora es de sólo sufrimiento y no encuentro camino de regreso.
Gracias por tanta emoción... porque la vida es dulcemente asquerosa para muchos... y muchas... y lo que sea...
ResponderEliminarGracias a ti Ruth, por comentar con la misma emoción con la que se debería escribir... ¡y también leer!
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