Ahí viene otra vez Helena con su melena. Se ve que tiene frío, no se pone esa pashmina de satín desde la última temporada de lluvias que me hizo tan infeliz. Otra vez pasa a mi lado, otra vez no me ve. No, no es que no me determine de una manera especial; para mi desgracia, ella me ignora de la misma forma como lo hace con todos los de mi especie.
Yo también tengo frío, es más, soy frío, a diferencia de Helena. A ella se le quita cuando llegue a casa, yo me lo llevo metido hasta en el intestino. Mi temperatura no es un estado transitorio, se instaló en mí desde el momento en que comencé a llevar esta vida aún estando en casa, todavía viviendo con la que era mi familia. Yo estaba buscando una tibieza que al principio llegaba ligerito. No tenía necesidad de hacer una inmersión muy profunda y pronto sentía esa calidez en el pecho que me emocionaba y me hacía carcajear.
Con el tiempo, comenzó a costar más trabajo alcanzar la emoción frenética de la risa y de la alegría. Me enloquecía por encontrarla y en el camino siempre me topé con cómplices y testigos, nada de amigos. Cada vez tenía más frío. Ahora, el calorcito, la tibieza, es solo un recuerdo que reconstruyo cuando cierro los ojos y me tapo los oídos.
Helena no era de mi familia, solo era el amor de mi vida cuando íbamos a la misma universidad. Ella me coqueteó, yo la ignoré, no porque no me derritiera de pasión y amor por ella, sino porque andaba en ocupaciones más fugaces con otras chicas. Helena era para enseriarse y yo estaba lejos de hacerlo. Me conformaba con que me mirara, me sonriera y me guiñara el ojo. Yo la escaneaba con la mirada de abajo a arriba y terminaba con una sonrisa socarrona y la ceja elevada. Mi idea era buscarla cuando llegara el momento. Nunca pasó. Tomé el atajo del placer sintético.
Ahora, ella cruza todos los días hábiles por mi lado cuando va de camino a su curul y me ignora. No detalla, no hace el esfuerzo de verse más interesante de lo que ya es. Es como si tuviera la habilidad de percibir presencias como la mía a metros de distancia para recalcular su paso y evitar cualquier contacto. La vi nuevamente en la foto de un ejemplar de la prensa que me cobijó por una corta temporada. La nota reconocía que con una votación histórica, Helena convenció a la gente con argumentos de equidad social y se ganó un lugar en la democracia. Y no me mira.
Hace unas semanas, unos parceros recién llegados a la plaza quisieron meterse con ella. Con rabia entre los harapos, los espanté, les marqué el territorio y la protegí sin delatar mi sentimiento. Me miró por una centésima de segundo. Se detuvo mi respiración y alcancé a sentir un calorcito que me subía por la pierna izquierda. Me reconoció, creí. Bajó la mirada y siguió su camino con prisa nerviosa.
Llevo mucho tiempo con frío, ya no sé si viene de afuera o si las bajas temperaturas del ambiente son causadas por mi sangre congelada de vicio. Allá va Helena y con ella el símbolo de mi condena. Regreso al agujero a beber un caldo de paloma tibio.
Yo también tengo frío, es más, soy frío, a diferencia de Helena. A ella se le quita cuando llegue a casa, yo me lo llevo metido hasta en el intestino. Mi temperatura no es un estado transitorio, se instaló en mí desde el momento en que comencé a llevar esta vida aún estando en casa, todavía viviendo con la que era mi familia. Yo estaba buscando una tibieza que al principio llegaba ligerito. No tenía necesidad de hacer una inmersión muy profunda y pronto sentía esa calidez en el pecho que me emocionaba y me hacía carcajear.
Con el tiempo, comenzó a costar más trabajo alcanzar la emoción frenética de la risa y de la alegría. Me enloquecía por encontrarla y en el camino siempre me topé con cómplices y testigos, nada de amigos. Cada vez tenía más frío. Ahora, el calorcito, la tibieza, es solo un recuerdo que reconstruyo cuando cierro los ojos y me tapo los oídos.
Helena no era de mi familia, solo era el amor de mi vida cuando íbamos a la misma universidad. Ella me coqueteó, yo la ignoré, no porque no me derritiera de pasión y amor por ella, sino porque andaba en ocupaciones más fugaces con otras chicas. Helena era para enseriarse y yo estaba lejos de hacerlo. Me conformaba con que me mirara, me sonriera y me guiñara el ojo. Yo la escaneaba con la mirada de abajo a arriba y terminaba con una sonrisa socarrona y la ceja elevada. Mi idea era buscarla cuando llegara el momento. Nunca pasó. Tomé el atajo del placer sintético.
Ahora, ella cruza todos los días hábiles por mi lado cuando va de camino a su curul y me ignora. No detalla, no hace el esfuerzo de verse más interesante de lo que ya es. Es como si tuviera la habilidad de percibir presencias como la mía a metros de distancia para recalcular su paso y evitar cualquier contacto. La vi nuevamente en la foto de un ejemplar de la prensa que me cobijó por una corta temporada. La nota reconocía que con una votación histórica, Helena convenció a la gente con argumentos de equidad social y se ganó un lugar en la democracia. Y no me mira.
Hace unas semanas, unos parceros recién llegados a la plaza quisieron meterse con ella. Con rabia entre los harapos, los espanté, les marqué el territorio y la protegí sin delatar mi sentimiento. Me miró por una centésima de segundo. Se detuvo mi respiración y alcancé a sentir un calorcito que me subía por la pierna izquierda. Me reconoció, creí. Bajó la mirada y siguió su camino con prisa nerviosa.
Llevo mucho tiempo con frío, ya no sé si viene de afuera o si las bajas temperaturas del ambiente son causadas por mi sangre congelada de vicio. Allá va Helena y con ella el símbolo de mi condena. Regreso al agujero a beber un caldo de paloma tibio.
Dicen los abuelos que 'al que le van a dar, le guardan' Siempre he pensado que ese adagio no aplica pero no me atreví a contradecir la sabiduría popular. Leyendo esta entrada, no me queda la menor duda.
ResponderEliminarMaravillosa forma de contar. Atrapa.
Gracias, Antonia, por tu comentario. Tengo mis propias críticas sobre esta entrada, pero así quedó en el primer impulso de escritura y corrección.
ResponderEliminar¡Chévere! Querida Diana. La historia tiene mucho por donde continuar en el texto o en nuestra mente como lectores. Abrazos. Manuel
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