Belleza cubista

Hace relativamente poco tiempo, alguien muy cercano a mí, prácticamente mi hermana, me dijo que había descubierto que la mía era una belleza cubista. Primero me asombré y luego manifesté de cierto modo mi indignación. ¿Acaso tengo la nariz encima de los ojos o una oreja a la misma altura del mentón?

Como expresión artística, me encanta el cubismo y su irreverencia. Aunque yo soy irreverente a ratos, cuando veo un Picasso no me siento precisamente frente a un espejo. Sin embargo, el comentario ha trascendido los meses y un par de años; sigue rondando mi cabeza y he hablado de mi belleza cubista en espacios sociales, lo que ha desatado un ataque de risa colectivo. ¿Se ríen de mí o se ríen conmigo?


La cuestión es que con base en ese comentario, he comenzado a ser más conciente de mis desproporcionalidades. Una noche en Barranquilla, en el remate de un evento con colegas del mundo audiovisual, nos tomamos una foto y descubrimos (todos) que si se tapada el lado derecho de mi cara, quedaba el rostro de una chica obesa simpaticona, y 'del mismo modo de la forma contraria', la imagen era la de una chica flaca un tanto amargada.

Mi ceja derecha es más poblada que la izquierda. Mi nariz apunta ligeramente hacia la siniestra, debido a que a mis inocentes ocho años decidí cincelarla contra la punta de una mesa. Mi ojo derecho es más grande que el izquierdo. Al gordito de la derecha en mi cintura lo tengo controlado mientras el de la izquierda es un insubordinado que no entiende razones e insiste en hacerse notar por encima del cinturón.

Decidí analizar mi proporcinalidad con instrumentos geométricos (inspirada en Da Vinci a quien tanto admiro) y efectivamente todo está fuera de control, incluso el centro de mi rostro coincide exactamente con el punto del tabique en el que me di el golpe con daño irreversible. ¡No puede ser! Así que pensé cómo sería el panorama si fuera un lado exactamente igual al otro, y lo hice con efecto espejo tanto con el derecho como con el izquierdo. El primer caso da cuenta de una mujer que se debate entre la resignación y el inconformismo. En el segundo ejercicio, el resultado es la gordita chistosa que habita en mí desde que nací en forma de bebé sumo (ver entrada anterior).

Así que sí. Admito que la mía es una belleza cubista, sin ángulos parejos, con contrastes faciales que cambian con el tiempo y, podría asegurar, que están acompasados con las fases lunares. Mi rostro es el reflejo de lo que soy y por eso, tanto la vitrina como lo que contiene me encantan.

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