De camino

Aún no me puedo quitar su olor de encima. Mis manos tienen todavía la sensación de acariciar su piel. En mi cabeza permanece fija la imagen del agujero que se le forma entre su espalda y su trasero. Me acerco al altar y creo que Jesús no me quita la mirada de encima. No parece que me juzgara, tampoco resulta ser una mirada de complicidad, su presencia es más como testigo de los cambios de mi vida.

Camino lento, vestido con este atuendo con el que no me siento cómodo. No me imagino lo que puede ser usar este tipo de vestimenta con frecuencia. Miro al frente y allí estás. Me ves tímida como lo has hecho en nuestros últimos encuentros. Sabes que por el momento soy territorio prohibido y de propiedad divina, pero te he prometido, por esta vida y la otra, que voy a hacer lo posible por tomarte en el sentido físico y espiritual para formar una familia contigo.

Continúo el recorrido por el pasillo central de la Iglesia. Sigo la línea en perfecto orden. Voy detrás de dos compañeros que en las noches intercambian besos y caricias. Siempre supe que esa no era mi motivación. Aunque es común entre mis compañeros, a mí no me atraen para nada los hombres. En cambio, cuando encontré tu candidez, soñé con tu cuerpecito y tus ojitos inquietantes. Pero hoy todo es diferente. No puedo sostener tu mirada, soy incapaz de permitir que mis ojos se crucen con los tuyos.

Mi niña linda, ojalá pudieras escuchar mis pensamientos. Te juro que todo lo hice por ti, porque mis planes de vivir contigo hasta la vejez no podían verse en peligro; ni siquiera podía correr el riesgo de decepcionarte en la cama. Por favor, comprende que desde pequeño caí en la trampa de creer que mi destino era convertirme en cura, por eso estoy sometido a este seminario que me encarcela. Sus rejas solo se hicieron visibles cuando te vi sentada en la primera banca de la Iglesia. Me enamoré de ti sin remedio y te convertiste en mi meta, mi misión y mi ilusión.

Ahora creo que tomé la decisión equivocada. Visualicé la que podría ser nuestra luna de miel y me descubrí torpe, inexperto, lívido y frío. Me llené de pánico y creí que lo mejor era pedir ayuda, entrenarme de alguna manera, contar con una lección práctica que me diera seguridad para nuestra primera noche juntos, la que he esperado impaciente, esa que debería hacerse realidad cuando huya del seminario y me case contigo.

Una prostituta no era una alternativa. Otros de mis compañeros van los viernes a la casa de citas, gracias a una modalidad de cooperativismo que me abruma. Entre todos reúnen el dinero para financiar la noche de uno de ellos, lo echan a la suerte y los demás esperan pacientemente que se desencadene la pasión del ganador, así como ansían que les toque su turno de volverse varones.

Acudí a los libros de Biología, pero su lenguaje técnico y desapasionado no logró generarme ninguna emoción especial o distinta a la del gozo de aumentar mi conocimiento. Pensé en los libros prohibidos, esos que están bajo llave o que ya han sido presa de la hoguera, pero, te repito, hasta el momento todo lo pecaminoso estaba fuera de mi alcance.

Fue cuando, lleno de una extraña mezcla entre desesperación y muchas dudas, pensé en pedirle socorro a la diablilla que desde pequeño me correteaba detrás de las cortinas de mi casa, la que cuando crecimos me contaba sus historias de morbo con todo tipo de hombres y mujeres, la misma que me reprochó hasta los golpes cuando supo de mi propia boca que había decidido aceptar el llamado de la Iglesia, a pesar de no tener clara mi vocación.

Se lo pedí con la misma formalidad con la que se pide prestado dinero o algún valor importante. Ella esperó milésimas de segundos para procesar mi solicitud, lanzarme una mirada incrédula, soltar una carcajada saturada de decibeles y saltarme encima, mientras me desabotonada el pantalón. No sé muy bien cómo se las ingenió, pero de un solo tiro logró quitarme pantalón, calzoncillos, medias y zapatos. Me besó en sitios de mi cuerpo que no sabía que tenía y de manera muy didáctica fue guiando mis manos para explorar todo su cuerpo. En ese momento me di cuenta de que por primera vez en mi vida estaba respirando. Ella gritó y yo me ahogué. Pienso en ese momento y mi corazón se detiene. Ahora mi mente me traiciona y toda mi materia reconstruye cada sensación producida por la diablilla.

Ya estoy en el altar, sentado en la primera banca al otro lado del pasillo. Estás muy cerquita. Te miro de reojo. No te preocupes, vida mía, voy a cumplir mi promesa. Me voy a casar contigo y juntos vamos a formar una familia preciosa. Me avergüenzo porque siento que te traicioné al encontrar el placer con otra mujer y lamentablemente tendré que vencer o acostumbrarme a la vergüenza, porque voy a seguir el camino placentero de la infidelidad por el resto de nuestro matrimonio. Tengo a Jesús como testigo.

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