El abandonado

Mientras estaba allí, recordaba con angustia el primer párrafo de un cuento de Quiroga que se llama Los buques suicidantes: ‘Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche el buque no se ve ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.’

En realidad resulta terrible encontrarse cualquier cosa abandonada sin explicación: un buque en el mar, un tren en una carrilera, un carro en una carretera. La razón por la que puedan estar tirados en la mitad de la nada no puede ser buena, de hecho, él sabía que las cosas son dejadas en cualquier lugar por motivos oscuros o muchas veces ocultos.



Él mismo había sido dejado a su suerte hacía más de treinta años porque no fue deseado, nació por accidente y parecía que el hecho de haber llegado al mundo de esa manera condenaría su vida a estar atada a las circunstancias y a las cosas desechadas. En ese momento todo parecía indicar que sería el último de los desafortunados acontecimientos que marcaron su vida. Su ritmo cardiaco se lo recordaba con cada pálpito sincopado con su respiración. Corazón y pulmones eran lo único de su cuerpo que se movía. Llevaba ya cinco minutos, no tal vez, veinte. La verdad no sabía y estaba convencido de que su mente lo traicionaba en el cálculo del tiempo.

Tuvo sí el tiempo necesario para recordar muchos de los accidentes de su vida asociados con cosas abandonadas. A los cuatro años, cuando fue adoptado, se encontró un perro en el parque que quiso adoptar para devolver el favor. El impulso le duró lo que el animal tardó en morderlo e infectarlo con rabia. Sus padres postizos reconsideraron su postura incondicional de brindarle apoyo al nuevo hijo, y decidieron dejarlo al cuidado de una sirvienta.

A los quince años se encontró con una bicicleta todo terreno sin custodia en un almacén y decidió tomarla ante la urgente necesidad de poseerla. Se la llevó y fue atrapado tan pronto como intentó salir del centro comercial. Luego sirvienta y padres adoptivos lo ignoraron para siempre como a una causa perdida.

Cinco años después se estrelló contra una ventana que había sido dejada abierta accidentalmente. No fue tan grande el golpe como escandalosa la sangre que lo bañó en segundos. Los dueños del local decidieron indemnizarlo y cobrarle al seguro gracias a la póliza de daños a terceros. Fue un accidente lo que le permitió encontrar su verdadera vocación: provocarse accidentes para cobrar los seguros de los otros. Un esguince en el tobillo en las escaleras de un edificio, una roca atravesada en su garganta en el restorán de lujo de un buque-crucero, un conato de incendio en una estación de servicio en la parada de un bus interurbano, un síndrome de estrés postraumático por haber estado cerca de ser arrollado por un tren en un cruce férreo mal iluminado, todos accidentes calculados que le dispusieron unas condiciones de vida aceptables y sin mucho trabajo.

Su método era sencillo. Era un rastreador entrenado para identificar las fuentes de indemnización, auxilios, ayuda a víctimas. Camuflaba su apariencia, su discurso, sus antecedentes y su repertorio para hacerlo verosímil. Interpretaba su papel durante unos meses para no generar sospechas y planear el golpe. En el momento en que su presencia era natural en cada lugar al que llegaba, asestaba con astucia su plan y se largaba para siempre.

En los últimos meses, se había mudado a una región ribereña que había estado plagada de una banda de delincuentes algunos años atrás. Tuvo la fortuna de encontrar tirados los documentos de un habitante de allí que se había desplazado por presiones y con hastío por las masacres. El líder del grupo criminal había sido apresado seis meses atrás y era momento de presentarse como su víctima en una masacre en la que supuestamente perdió toda su familia. Todo iba a las mil maravillas.

Para celebrar quiso ir a una vereda cercana donde las prostitutas aprendieron de prudencia gracias al miedo que le generaron los armados. En lugar de tomar la carretera, se fue por un atajo. Y allí había un objeto abandonado: una mina. La pisó. Explotó. Él cayó al piso sin sentir nada, no sentía sus piernas ni sus brazos. Escuchaba el ritmo de su corazón respondiendo a sus respiraciones. No se movía. Sólo pensaba en que las cosas abandonadas son terribles, así como un buque tirado en el mar.

Comentarios