Hace sol como un típico domingo. Corto la llamada que despeja mi duda incómoda de los últimos veintitres años. Salgo a la calle y veo a Marujita como siempre barriendo la calle a la que se dedica sin descanso desde que recibió la noticia. No tengo el arrojo ni el tiempo como para saludarla, así que decido atajar por la otra esquina y no darle la cara. Es que desde que Chirro se fue, ella me adoptó con el mismo cariño; yo no era su hijo pero tenía claro que veía en mí lo que quería volver a ver de él. Chirro y yo prácticamente nos criamos juntos, fuimos amigos de barrio y nuestros primeros años se fueron dando de manera paralela hasta entrar en la juventud.
La televisión de los setenta no tenía mucho que ofrecernos salvo algunas series que recreaban la guerra en el Vietnam y en esos programas nos inspiramos para conformar un batallón de guerreros, todos menores de 12 años, que se dedicaba más a las bromas pesadas que a la disciplina militar. Chirro era el líder, yo era el segundo en mando y nos acompañaban tres figurantes, Arturo, Pipe y Karla, que tenían la cualidad de seguir nuestras órdenes sin oponerse ni discutirlas, aunque Karla se insubordinada en momentos en que sentía que hacíamos diabluras pasadas de tono que nos podía traer problemas, o cuando le parecía que Chirro se excedía en el ejercicio de la autoridad y sus gritos y malos tratos pudieran desencadenar sus lágrimas. A pesar de eso, Karla era una niña muy fuerte y pudieron más sus ganas de estar con el grupo que la humillación que sentía cuando Chirro la trataba de ‘nena debilucha’. Karla es ahora una mujer hermosa, sigue extrañando a Chirro, aunque sé que en silencio le reclama su ausencia, así como no le perdona haber dejado la demente presencia de su madre barrendera.
Nuestros objetivos estaban muy lejos de parecerse a la protección de soberanía y del restablecimiento del orden que profesaban las fuerzas militares de la época, arrasando con todo lo que no se parecía al estándar. En Latinoamérica estaban de moda las dictaduras y los jóvenes eran objetivo de persecuciones y desapariciones, simplemente por luchar con pensamientos distintos. Nos interesaba muy poco todo lo que pasaba en el continente; éramos aún muy chicos para sentirnos presionados por los uniformados y la guerra de la tele nos parecía genial. Nuestro único objetivo era divertirnos a costa de todo, sin límite alguno. Nuestra fachada de niños aficionados nos permitía movernos con tranquilidad para poner en marcha las estrategias de la distracción.
Con el paso del tiempo, para Chirro nuestra banda ya no era un juego. Sentí verdadero pánico cuando propuso tenderle una emboscada mortal a otra pandilla de vecinos, sólo por el hecho de estar probando con hierbas, con las que alucinaron y lograron un negocio pujante de ventas al detal. Pensé que era un chiste pesado, hasta que noté el brillo de los puñales, Arturo alcanzó a emocionarse y Pipe se quedó paralizado, víctima de un ataque de asma. Cuando Chirro se disponía a entrar en acción y justo antes de que Karla desatara sus lágrimas, me avalancé sobre mi amigo y le di tremenda golpiza, mientras sus ojos regresaban a un órbita que lo reencontró con la sensatez. Fue un momento tan intenso, que entre todos prometimos no volver a hablar de eso nunca más, aunque continuamos nuestras pilatunas con mucha desconfianza. Recuerdo con frecuencia esa mirada fija con la que Chirro se quiso entregar a la guerra y a la desmesura. Cada vez se hacía más frecuente su expresión de mercenario sin ley, mientras se borraban los rastros de su picardía. Estábamos dejando de ser niños.
La banda de amigos llegó a su fin el mismo día que logramos subir entre todos el Renault 4 de uno de los vecinos al andén. Esperamos emocionados la salida del dueño del auto, sólo par ver su cara de desconcierto y nos orinamos de la risa cuando llegó la grúa para poner el vehículo en su lugar. No calculamos que se trataba del señor más cascarrabias del sector y nuestros papás nos dieron tal paliza que no nos quedaron ganas de seguir con nuestras andadas. Perdimos la batalla y la guerra. Arturo y Pipe se fueron del barrio y Karla fue mi primera novia por unos cuantos años. Chirro no fue el mismo desde ese día, nos contó que su mamá le había obligado a ducharse con agua fría durante una semana y a cumplir con un horario de recluta, sólo porque debía corregir la indisciplina y dejar de pensar en perder el tiempo, si su obligación era ser un hombre de bien para la sociedad. Mi amigo repetía esas palabras con tono retórico y con el convencimiento de que así debían ser las cosas. La mirada de mercenario se le instaló para siempre.
Chirro continuó alimentando su pasión por la vida militar, mantenía su corte rasurado y se perdía por temporadas muy largas, tan extensas que nuestro físico y nuestras motivaciones cambiaron paulatinamente y ya no teníamos más cosas en común que contar nuestras mismas historias de infancia. Por esa época, habíamos terminado el bachillerato y todos estábamos buscando el camino para sobrevivir, estudiar en la universidad y sacarle el cuerpo al servicio militar. En ese entonces, ya éramos jóvenes candidatos a prestarle el deber a la patria y servir de mártires para una lucha contra el terrorismo naciente, producto de las inequidades en el campo. Comprobamos que Chirro estaba completamente fuera de sus cavales, cuando nos contó con orgullo que se había enrolado en la vida militar voluntariamente, mientras los demás hacíamos hasta lo más corrupto por resolver esa situación y continuar siendo civiles y felices.
Cuando Chirro regresaba nos relataba acerca de cómo progresaba su vida militar, de lo bien que estaba cultivando su físico, de la importancia de mantener la soberanía y el orden nacional, discurso que nos convenció de que lo habíamos perdido para siempre. El tamaño de su cuerpo crecía de manera proporcional al orgullo que sentía Marujita cada vez que llegaba su hijo, el militar.
Y es que el soldado tenía el detalle de enviar una carta semanal a su madre contándole sus proezas, condecoraciones y misiones secretas. Cada carta era una invitación más a que la mujer se lanzara a la calle con sus mejores prendas y completamente dispuesta a abordar a cada vecino para actualizarle de una nueva aventura.
Un día vi a Marujita en la calle y, distinto a arrojarse en mi ruta e interceptarme con una novedad, desvió su mirada y su camino. Recordé que últimamente la mamá se comportaba de manera huidiza y pensé que hacía meses no sabíamos nada nuevo de Chirro. Luego de la corta reflexión, mi vida siguió de largo y no volví a pensar en guerras ni en soldados, hasta que unos meses después, ya arrancando la década de los ochenta, algún día sin previo aviso, una mujer completamente cubierta de mantos y trapos me tomó por el brazo y me rogó que averiguara qué había pasado con su hijo, que iba a completar un año sin noticias suyas y que temía lo peor. En ese instante descubrí a una madre descontrolada con mirada triste y humillada, distinta a la dama que se pavoneaba con el orgullo que le propinaba su hijo.
Incapaz de dejarla con un vacío en el alma, decidí buscar a Chirro y por razones naturales, visité las dependencias del ejército donde daban la información de los muchachos en servicio militar. Luego de dos horas de consultas, de registros, de entrevistas y hasta con amenazas de encarcelamiento por mi intensidad, me encontré con que su presencia en las fuerzas armadas no era más que una sarta de mentiras. No había registro, ni documento, ni archivo que respondiera a los datos de Gómez, Mauricio. Mi amigo de infancia nos había jugado una broma y quien la padeció con mayor crueldad fue su propia madre. Luego imaginé que todas sus historias fueron inspiradas en las series de guerra que veíamos en la televisión, de las que él hizo una adaptación libre y espontánea.
Con una sensación más de encarte por la información que de tristeza auténtica, llegué a la esquina de la casa de los Gómez. Justo cuando fui presa de un ataque de cobardía, Marujita me detectó por la ventana y se lanzó al ataque. Sólo pensé en que todo lo que tenía por decirle le volvería polvo el corazón.
- Mijo, ¿qué pasó con Chirro?-, me preguntó solo con la mirada; la pregunta en voz alta sobraba.
‘Marujita, desafortunadamente su hijo nos engañó a todos y nunca hizo carrera alguna en las fuerzas militares; no tengo idea de dónde puede estar en este momento, ni de lo que ha estado haciendo todo este tiempo’, era el discurso que venía pensando desde el bus, ensayando una entonación desolada pero llena de fortaleza. La voz no me salió con esas palabras, sino que, para mi sorpresa y al mejor estilo de las series gringas, me descubrí haciendo una descripción pormenorizada de los hechos en los que el valiente soldado perdió la vida.
- Marujita, Chirro, el coronel Gómez iba comandando a un pequeño grupo de soldados en la frontera como era rutina. Se encontraron con una banda de ilegales que estaba delinquiendo en la zona y traficando con armas. Fueron atacados por sorpresa. Los soldados respondieron con valentía, pero eran solo cinco jóvenes enfrentados a más de cuarenta bandidos armados hasta los tuétanos. Gómez luchó hasta el final por proteger a su comando y mantener el orden y la soberanía nacional. Los grandes jefes de las fuerzas armadas están muy orgullosos del arrojo del coronel y sus soldados. Por eso, le impusieron la condecoración póstuma a la valentía.
Saqué una moneda antigua, única herencia de mi abuelo que cargaba en el bolsillo más por costumbre que por cariño, y se la entregué con total majestuosidad, completamente convencido de que en ese momento Marujita me atraparía en la mentira. La mujer observó detenidamente el objeto y sus ojos desprendieron un leve brillo, como si estuviera viendo una medalla resplandeciente. Luego su rostro se ensombreció, desorbitó los ojos y no sólo dejó de fijar un objetivo preciso sino que depositó su mirada en un sitio muy lejos de este mundo. Fui testigo del momento preciso en que se enloqueció y decidió destinar toda su dedicación a mantener la calle en completa limpieza. Se armó con una escoba, abandonó para siempre la cultura del baño y desde entonces barría la calle sin parar, tres veces al día, mientras repetía ‘mi hijo es un héroe’. Sólo se apartaba de su tarea cuando yo pasaba por allí y me saludaba diciendo, ‘Mijo, nuestro Chirro es un héroe, ¿cierto?’, a lo que yo respondía, ‘sin duda Marujita, el coronel Gómez fue un héroe’. Así la rutina se repitió por años. Durante este tiempo y sólo por algunos instantes, un viento frío me atraviesa las entrañas, cuando pienso que nunca supimos a qué se dedicaba verdaderamente Chirro, qué hacía cuando se perdía, cómo pudo mantener una mentira con tanta solidez ni cómo fuimos capaces de creerle. Para sus amigos Chirro desapareció. Para su madre delirante, su hijo murió heróicamente y eso ameritaba una calle pulcra aunque ella hediera a la distancia.
Casi cinco lustros después, en este domingo de sol recibo la llamada de Karla. Seguimos manteniendo una conveniente cercanía, que nos permite hacernos algunos favores, a pesar de su matrimonio y de mi sentimiento suspendido por ella. Lleva algunos años trabajando en medicina legal y recién comenzó su labor le recomendé si llegaba a saber algo de Chirro, me lo contara, sólo por no dejar el tema abandonado. En su llamada con tono cauto pero directo, me cuenta que hacía poco tiempo habían encontrado una fosa común con restos de jóvenes desaparecidos hacía más de veinte años, por las épocas en que el orden y la soberanía nacional estaban de moda y las fuerzas armadas se desmesuraron en perseguir y desvanecer en el olvido a los muchachos viciosos, ladrones o, simplemente mal parados. A esa sepultura llegaron chicos que delinquían con armas y drogas y que hacían trabajos por encargo de algunos capos emergentes. Allí descansaba desde entonces Chirro, de soldado condecorado a sicario anónimo. Se me ocurre pensar que eran mejores sus historias llenas de aventuras y de mentiras y sigo mi vida de largo por la otra esquina.
La televisión de los setenta no tenía mucho que ofrecernos salvo algunas series que recreaban la guerra en el Vietnam y en esos programas nos inspiramos para conformar un batallón de guerreros, todos menores de 12 años, que se dedicaba más a las bromas pesadas que a la disciplina militar. Chirro era el líder, yo era el segundo en mando y nos acompañaban tres figurantes, Arturo, Pipe y Karla, que tenían la cualidad de seguir nuestras órdenes sin oponerse ni discutirlas, aunque Karla se insubordinada en momentos en que sentía que hacíamos diabluras pasadas de tono que nos podía traer problemas, o cuando le parecía que Chirro se excedía en el ejercicio de la autoridad y sus gritos y malos tratos pudieran desencadenar sus lágrimas. A pesar de eso, Karla era una niña muy fuerte y pudieron más sus ganas de estar con el grupo que la humillación que sentía cuando Chirro la trataba de ‘nena debilucha’. Karla es ahora una mujer hermosa, sigue extrañando a Chirro, aunque sé que en silencio le reclama su ausencia, así como no le perdona haber dejado la demente presencia de su madre barrendera.
Nuestros objetivos estaban muy lejos de parecerse a la protección de soberanía y del restablecimiento del orden que profesaban las fuerzas militares de la época, arrasando con todo lo que no se parecía al estándar. En Latinoamérica estaban de moda las dictaduras y los jóvenes eran objetivo de persecuciones y desapariciones, simplemente por luchar con pensamientos distintos. Nos interesaba muy poco todo lo que pasaba en el continente; éramos aún muy chicos para sentirnos presionados por los uniformados y la guerra de la tele nos parecía genial. Nuestro único objetivo era divertirnos a costa de todo, sin límite alguno. Nuestra fachada de niños aficionados nos permitía movernos con tranquilidad para poner en marcha las estrategias de la distracción.
Con el paso del tiempo, para Chirro nuestra banda ya no era un juego. Sentí verdadero pánico cuando propuso tenderle una emboscada mortal a otra pandilla de vecinos, sólo por el hecho de estar probando con hierbas, con las que alucinaron y lograron un negocio pujante de ventas al detal. Pensé que era un chiste pesado, hasta que noté el brillo de los puñales, Arturo alcanzó a emocionarse y Pipe se quedó paralizado, víctima de un ataque de asma. Cuando Chirro se disponía a entrar en acción y justo antes de que Karla desatara sus lágrimas, me avalancé sobre mi amigo y le di tremenda golpiza, mientras sus ojos regresaban a un órbita que lo reencontró con la sensatez. Fue un momento tan intenso, que entre todos prometimos no volver a hablar de eso nunca más, aunque continuamos nuestras pilatunas con mucha desconfianza. Recuerdo con frecuencia esa mirada fija con la que Chirro se quiso entregar a la guerra y a la desmesura. Cada vez se hacía más frecuente su expresión de mercenario sin ley, mientras se borraban los rastros de su picardía. Estábamos dejando de ser niños.
La banda de amigos llegó a su fin el mismo día que logramos subir entre todos el Renault 4 de uno de los vecinos al andén. Esperamos emocionados la salida del dueño del auto, sólo par ver su cara de desconcierto y nos orinamos de la risa cuando llegó la grúa para poner el vehículo en su lugar. No calculamos que se trataba del señor más cascarrabias del sector y nuestros papás nos dieron tal paliza que no nos quedaron ganas de seguir con nuestras andadas. Perdimos la batalla y la guerra. Arturo y Pipe se fueron del barrio y Karla fue mi primera novia por unos cuantos años. Chirro no fue el mismo desde ese día, nos contó que su mamá le había obligado a ducharse con agua fría durante una semana y a cumplir con un horario de recluta, sólo porque debía corregir la indisciplina y dejar de pensar en perder el tiempo, si su obligación era ser un hombre de bien para la sociedad. Mi amigo repetía esas palabras con tono retórico y con el convencimiento de que así debían ser las cosas. La mirada de mercenario se le instaló para siempre.
Chirro continuó alimentando su pasión por la vida militar, mantenía su corte rasurado y se perdía por temporadas muy largas, tan extensas que nuestro físico y nuestras motivaciones cambiaron paulatinamente y ya no teníamos más cosas en común que contar nuestras mismas historias de infancia. Por esa época, habíamos terminado el bachillerato y todos estábamos buscando el camino para sobrevivir, estudiar en la universidad y sacarle el cuerpo al servicio militar. En ese entonces, ya éramos jóvenes candidatos a prestarle el deber a la patria y servir de mártires para una lucha contra el terrorismo naciente, producto de las inequidades en el campo. Comprobamos que Chirro estaba completamente fuera de sus cavales, cuando nos contó con orgullo que se había enrolado en la vida militar voluntariamente, mientras los demás hacíamos hasta lo más corrupto por resolver esa situación y continuar siendo civiles y felices.
Cuando Chirro regresaba nos relataba acerca de cómo progresaba su vida militar, de lo bien que estaba cultivando su físico, de la importancia de mantener la soberanía y el orden nacional, discurso que nos convenció de que lo habíamos perdido para siempre. El tamaño de su cuerpo crecía de manera proporcional al orgullo que sentía Marujita cada vez que llegaba su hijo, el militar.
Y es que el soldado tenía el detalle de enviar una carta semanal a su madre contándole sus proezas, condecoraciones y misiones secretas. Cada carta era una invitación más a que la mujer se lanzara a la calle con sus mejores prendas y completamente dispuesta a abordar a cada vecino para actualizarle de una nueva aventura.
Un día vi a Marujita en la calle y, distinto a arrojarse en mi ruta e interceptarme con una novedad, desvió su mirada y su camino. Recordé que últimamente la mamá se comportaba de manera huidiza y pensé que hacía meses no sabíamos nada nuevo de Chirro. Luego de la corta reflexión, mi vida siguió de largo y no volví a pensar en guerras ni en soldados, hasta que unos meses después, ya arrancando la década de los ochenta, algún día sin previo aviso, una mujer completamente cubierta de mantos y trapos me tomó por el brazo y me rogó que averiguara qué había pasado con su hijo, que iba a completar un año sin noticias suyas y que temía lo peor. En ese instante descubrí a una madre descontrolada con mirada triste y humillada, distinta a la dama que se pavoneaba con el orgullo que le propinaba su hijo.
Incapaz de dejarla con un vacío en el alma, decidí buscar a Chirro y por razones naturales, visité las dependencias del ejército donde daban la información de los muchachos en servicio militar. Luego de dos horas de consultas, de registros, de entrevistas y hasta con amenazas de encarcelamiento por mi intensidad, me encontré con que su presencia en las fuerzas armadas no era más que una sarta de mentiras. No había registro, ni documento, ni archivo que respondiera a los datos de Gómez, Mauricio. Mi amigo de infancia nos había jugado una broma y quien la padeció con mayor crueldad fue su propia madre. Luego imaginé que todas sus historias fueron inspiradas en las series de guerra que veíamos en la televisión, de las que él hizo una adaptación libre y espontánea.
Con una sensación más de encarte por la información que de tristeza auténtica, llegué a la esquina de la casa de los Gómez. Justo cuando fui presa de un ataque de cobardía, Marujita me detectó por la ventana y se lanzó al ataque. Sólo pensé en que todo lo que tenía por decirle le volvería polvo el corazón.
- Mijo, ¿qué pasó con Chirro?-, me preguntó solo con la mirada; la pregunta en voz alta sobraba.
‘Marujita, desafortunadamente su hijo nos engañó a todos y nunca hizo carrera alguna en las fuerzas militares; no tengo idea de dónde puede estar en este momento, ni de lo que ha estado haciendo todo este tiempo’, era el discurso que venía pensando desde el bus, ensayando una entonación desolada pero llena de fortaleza. La voz no me salió con esas palabras, sino que, para mi sorpresa y al mejor estilo de las series gringas, me descubrí haciendo una descripción pormenorizada de los hechos en los que el valiente soldado perdió la vida.
- Marujita, Chirro, el coronel Gómez iba comandando a un pequeño grupo de soldados en la frontera como era rutina. Se encontraron con una banda de ilegales que estaba delinquiendo en la zona y traficando con armas. Fueron atacados por sorpresa. Los soldados respondieron con valentía, pero eran solo cinco jóvenes enfrentados a más de cuarenta bandidos armados hasta los tuétanos. Gómez luchó hasta el final por proteger a su comando y mantener el orden y la soberanía nacional. Los grandes jefes de las fuerzas armadas están muy orgullosos del arrojo del coronel y sus soldados. Por eso, le impusieron la condecoración póstuma a la valentía.
Saqué una moneda antigua, única herencia de mi abuelo que cargaba en el bolsillo más por costumbre que por cariño, y se la entregué con total majestuosidad, completamente convencido de que en ese momento Marujita me atraparía en la mentira. La mujer observó detenidamente el objeto y sus ojos desprendieron un leve brillo, como si estuviera viendo una medalla resplandeciente. Luego su rostro se ensombreció, desorbitó los ojos y no sólo dejó de fijar un objetivo preciso sino que depositó su mirada en un sitio muy lejos de este mundo. Fui testigo del momento preciso en que se enloqueció y decidió destinar toda su dedicación a mantener la calle en completa limpieza. Se armó con una escoba, abandonó para siempre la cultura del baño y desde entonces barría la calle sin parar, tres veces al día, mientras repetía ‘mi hijo es un héroe’. Sólo se apartaba de su tarea cuando yo pasaba por allí y me saludaba diciendo, ‘Mijo, nuestro Chirro es un héroe, ¿cierto?’, a lo que yo respondía, ‘sin duda Marujita, el coronel Gómez fue un héroe’. Así la rutina se repitió por años. Durante este tiempo y sólo por algunos instantes, un viento frío me atraviesa las entrañas, cuando pienso que nunca supimos a qué se dedicaba verdaderamente Chirro, qué hacía cuando se perdía, cómo pudo mantener una mentira con tanta solidez ni cómo fuimos capaces de creerle. Para sus amigos Chirro desapareció. Para su madre delirante, su hijo murió heróicamente y eso ameritaba una calle pulcra aunque ella hediera a la distancia.
Casi cinco lustros después, en este domingo de sol recibo la llamada de Karla. Seguimos manteniendo una conveniente cercanía, que nos permite hacernos algunos favores, a pesar de su matrimonio y de mi sentimiento suspendido por ella. Lleva algunos años trabajando en medicina legal y recién comenzó su labor le recomendé si llegaba a saber algo de Chirro, me lo contara, sólo por no dejar el tema abandonado. En su llamada con tono cauto pero directo, me cuenta que hacía poco tiempo habían encontrado una fosa común con restos de jóvenes desaparecidos hacía más de veinte años, por las épocas en que el orden y la soberanía nacional estaban de moda y las fuerzas armadas se desmesuraron en perseguir y desvanecer en el olvido a los muchachos viciosos, ladrones o, simplemente mal parados. A esa sepultura llegaron chicos que delinquían con armas y drogas y que hacían trabajos por encargo de algunos capos emergentes. Allí descansaba desde entonces Chirro, de soldado condecorado a sicario anónimo. Se me ocurre pensar que eran mejores sus historias llenas de aventuras y de mentiras y sigo mi vida de largo por la otra esquina.
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