Escape

Nada nos atormenta más en este momento que nos atrapen y nos lleven de regreso. La vida se nos volvió agónica desde que el mundo decidió acabar con la pobreza y con el hambre a costa de la autonomía, la felicidad, la anarquía y todas las cosas que hacían de éste un lugar interesante. Todos nos volvimos iguales, desaparecieron las diferencias y con ellas los matices y los misterios como el amor, el deseo, la malicia o la psicodelia.



Sabemos que ya nos echan de menos, nuestra ausencia comienza a ser sospechosa y estamos seguros de que en poco tiempo comenzará nuestra búsqueda. Los sistemas de rastreo son tan eficaces como cualquier otro de los seis servidores que almacena toda nuestra información: //.DataSalud.DS// //.DataEducación.DE// //.DataOcupación.DO// //.DataADN.DADN// //.DataSiTuacional.DST// //.DataAnímica.DA//. Y es que nuestros sueños se convirtieron en un lamento desde el instante mismo en que se firmó el Acuerdo Único Global – AUG, convenio perverso que nos llevó con resignación a dedicarnos sin discusión a las tareas que nos asignan y no a lo que nos gusta.

Somos los inconformes, nos comenzamos a identificar gracias a cruces de miradas que insinuaban angustia, impotencia y rabia contenida. Nos atrevimos a romper el hielo con mesura y establecimos canales de comunicación que, por su anacronía, estaban lejos de ser vistos como peligrosos. Versos de amor, letras de canciones, párrafos de cuentos, lenguajes propios de otras épocas que ahora son vistos como producciones exóticas y son objeto de análisis científico para comprender un mundo habitado por culturas, cuando todos éramos diferentes. Esas letras nos permitieron tejer nuestra red de hastiados.

Nunca pensamos que fuera posible llegar a donde estamos en este momento. Estábamos convencidos de que no había ya manera de huir de este planeta, de su orden y de su control. Nos sentíamos prisioneros en un territorio en el que todos podemos ir y venir de cualquier lugar cuando queramos, siempre y cuando produzcamos y consumamos. No sabemos qué es felicidad, ni tristeza. Ya no hay fronteras y la única fidelidad es con el sistema y con el individuo. Se acabaron los colectivos, ya no hay vecinos.
Cuando cada uno de nosotros descubrió en la mirada del otro inconforme que no estaba solo con su enojo, construimos una esperanza colectiva y silente. Organizarnos como grupo puede significar el final de nuestro ciclo en este régimen. El AUG declara que ningún habitante puede interrelacionarse con otro por motivos distintos a la reproducción, al intercambio comercial o a la entrega de registros propios del control, so pena de someterse a la peor de las sentencias, la innombrable, la desconocida. El miedo a ese castigo es inyectado de tal manera desde nuestro nacimiento, que resulta ser lo más parecido a una fe o doctrina religiosa de otros tiempos; es algo como lo que los textos añejos llaman ‘el temor a Dios’. Esta perturbación es disipada ante la premisa permanente de nuestros líderes: ‘Por fin en este mundo se hace justicia, todos tenemos de todo, no nos falta nada. Se acabaron las épocas en que los niños morían de hambre y las guerras del odio arrasaban pueblos enteros. Creamos en nuestro sistema, seamos fieles al AUG’.

Nos encontramos la primera vez en una asamblea oficial y obligatoria en la que se promulgaba la ideología del AUG con la misma pasión con que en otros tiempos se seguían las justas deportivas. Nos cruzamos las miradas y los caminos con tal habilidad que el intercambio de mensajes fue apenas interpretado por los monitores como un pequeño loop producido por el tumulto, nada por qué preocuparse. No había otra opción de volvernos a encontrar físicamente antes de ejecutar el plan; hubiera sido evidente la tendencia del supuesto error y hasta ahí llegaba nuestro empeño. Así que nuestro nuevo encuentro se produce hoy: el día de terminar con todo.
Somos presa de nuestra emoción y de nuestro pánico. Sentimos su presencia cerca, nos están alcanzando. Por viejos mapas que conseguimos en un mercado negro que ya fue absorbido por el comercio formal, seguimos caminos ocultos que pensamos clausurados, pero descubrimos que también están controlados con dispositivos desactualizados que logramos evadir fugazmente. Un clic casi insonoro nos indica que se han encendido las alarmas y la persecución se les está haciendo más fácil.

Seguimos nuestro camino por la naturaleza agonizante; oxígeno y agua se volvieron prescindibles desde que fueron reconstruidas sus moléculas sintéticamente. Ya nadie sale por aquí. Sentimos ahogo, nuestros organismos no están acostumbrados a este aire. Estamos perdiendo el conocimiento, ellos ya llegan.

Nos contactan visualmente, nos quedan pocas energías. Sus lectores están rastreando nuestra data, ya conocen nuestras identidades; ‘somos los inconformes’, alcanzamos a murmurar. Apenas escuchamos sonidos y voces. Hablan de El Castigo, citan el AUG. Esperan instrucciones. Parecen inseguros. Verifican la orden. Dispositivo de emergencia. Expulsarlos del sistema inmediatamente. Nuestra data están siendo procesada. Presionar botón: escape.



Lo logramos, por fin libres.

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