De todas las seguridades que me describían y caracterizaban hace dos años, no me queda ninguna dentro del bolsillo, la billetera o el corazón. Es como si hubiera estado volando en un avión con puertas que requieren chequeo cruzado, cinturón de seguridad y cabina despresurizada y luego, sin aviso de precaución, fuera desapareciendo todo el fuselaje y hubiera perdido alas, puertas, ventanillas, silla, cinturón y ropa. Ahora voy en caída libre, desnuda y esperando el momento de tocar un suelo, con seguridad, en otro cielo.
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