El profesor Serrano llegó a mi vida, creo yo, muy temprano. Mis escasos 17 años no eran suficientes para procesar toda la información y el conocimiento que nos entregó durante la clase de Metodología de la investigación I y II, a través de la lectura y revisión exhaustiva de El Péndulo de Foucault. Si intento visualizarme en aquel momento, lo que resulta es la imagen de una joven grande (en esa época aprendí que alta y gorda era sinómimo de grandota), con boca y ojos abiertos, ya porque me parecía increíble todo lo que estaba diciendo el profe, ya porque me sentía perdida con cosas que no entendía en aquella época y, confieso, no termino de comprender hoy en día.
Su actitud tímida, su pelo desordenado, su risa temerosa, su dominio de los contenidos y su encanto en bruto, hicieron que Serrano contara con una fanaticada femenina muy a pesar de sus propios deseos, diría yo. Suspirábamos al verlo y soñábamos con ser sus asesoras de imagen, solo para verlo con una pinta menos de 'filósofonomeimportalamateria' y más de 'académicoexitosoyrompecorazones'. Enrique (ya entrados en confianza en este relato) nunca dio pie para nada con ninguna de nosotras, por lo menos no que supiéramos. De hecho, su vida sentimental era completamente hermética y lo que circulaba acerca de él, era más creaciones especulativas que versiones que dieran cuenta de algún rasgo de realidad.
Tal vez no me equivoco si digo que algunos de nuestros profesores durante la universidad, nos impactaron positivamente y, a pesar de habernos graduado e ingresado en el mundo laboral, le seguíamos la pista a algunos de ellos; nos convertimos en sus colegas, amigos y, en algunos casos, amantes. Y detengo aquí este señalamiento, porque no se trata esto de ventilar públicamente algunas historias que fueron dramáticas o escandalosas en aquellas épocas.
Pasaron los años, nuestro mundo profesional se iba agrandando a otras constelaciones y muchos de los que nos graduamos juntos comenzábamos a cosechar éxitos, mejor dicho, a subir como palma. Hubo una época en que coincidió que algunos de mis compañeros se fueron a estudiar otro idioma a otros países y algunos pocos nos quedamos cuidando el rancho. Con los amigos más cercanos, nos enviábamos cartas, de esas que se escribían de puño y letra, sobre hojas de papel, que tardaban por lo menos una semana en llegar a su destino. Y nuestra amistad era tan grande, que nos mantuvimos actualizados acerca de los acontecimientos más importantes; para decirlo en un castizo más claro, vivíamos al día con los chismes más bomba.
Un día supe yo que Enrique Serrano había muerto. Estaba preparando cartas para una o dos amigas y, con lágrimas en los ojos, con suspiros incontenibles, con una tristeza infinita, las puse al día acerca de esta tragedia. Nuestro ídolo, nuestro amor platónico, nuestra inspiración intelectual había muerto. No terminaron de llegar mis misivas a sus destinos, cuando una cascada de cartas comenzaron dispersar la dramática noticia entre Latinoamérica, Norteamérica y Europa. Con prisa, muchos comenzaron a contarle a sus propios círculos de amigos con los que se escribían, cosas como:'¿supo que Serrano se murió?' o '¡Qué vaina lo de Enrique Serrano! Tan joven... tendría ¿qué? ¿como treinta y tres años? Claro, la edad de Cristo y con todo ese tema del Péndulo, pues resulta muy poético'. Pronto llegó otra noticia que opacó la triste desaparición de nuestro maestro y hasta se nos olvidó que había muerto.
Arrancaba ya el segundo lustro de los noventa y Enrique Serrano volvió de su tumba renovado y directo a ganarse el Premio Juan Rulfo; con esta noticia, que fue titular de las separatas culturales más importantes de aquellos tiempos, también aparecieron las expresiones de sorpresa y de reproche de todos los que divulgamos su muerte y, muy pronto, todos me señalaron a mí. No tuve una coartada contundente que me liberara de la culpa. A mí me lo contaron y estoy casi segura de que mi fuente fue NOA o CPV, pero ellas se lavaron las manos con jabón Pilatos y lo único que medio logré decir en mi defensa es que había tenido un sueño tan claro que parecía real.
Duré como tres meses saliendo a la calle con gafas oscuras y gorras, porque la vergüenza del asesinato simbólico del maestro, no me permitía caminar erguida o con seguridad. En aquel entonces, yo daba clases en la misma universidad; salía corriendo en cuanto se cumplía el horario, porque no quería encontrarme con alguien que me señalara por un crimen que nunca cometí y nunca sucedió. Un día, bajaba las escaleras y comencé a sentir una presencia sobrenatural que me hizo trastabillar el paso. Era Enrique Serrano reencarnado justo al frente mío, con su mechoncito caprichoso y su sonrisita apenas dibujada. Me derretí y me morí.
Su actitud tímida, su pelo desordenado, su risa temerosa, su dominio de los contenidos y su encanto en bruto, hicieron que Serrano contara con una fanaticada femenina muy a pesar de sus propios deseos, diría yo. Suspirábamos al verlo y soñábamos con ser sus asesoras de imagen, solo para verlo con una pinta menos de 'filósofonomeimportalamateria' y más de 'académicoexitosoyrompecorazones'. Enrique (ya entrados en confianza en este relato) nunca dio pie para nada con ninguna de nosotras, por lo menos no que supiéramos. De hecho, su vida sentimental era completamente hermética y lo que circulaba acerca de él, era más creaciones especulativas que versiones que dieran cuenta de algún rasgo de realidad.
Tal vez no me equivoco si digo que algunos de nuestros profesores durante la universidad, nos impactaron positivamente y, a pesar de habernos graduado e ingresado en el mundo laboral, le seguíamos la pista a algunos de ellos; nos convertimos en sus colegas, amigos y, en algunos casos, amantes. Y detengo aquí este señalamiento, porque no se trata esto de ventilar públicamente algunas historias que fueron dramáticas o escandalosas en aquellas épocas.
Pasaron los años, nuestro mundo profesional se iba agrandando a otras constelaciones y muchos de los que nos graduamos juntos comenzábamos a cosechar éxitos, mejor dicho, a subir como palma. Hubo una época en que coincidió que algunos de mis compañeros se fueron a estudiar otro idioma a otros países y algunos pocos nos quedamos cuidando el rancho. Con los amigos más cercanos, nos enviábamos cartas, de esas que se escribían de puño y letra, sobre hojas de papel, que tardaban por lo menos una semana en llegar a su destino. Y nuestra amistad era tan grande, que nos mantuvimos actualizados acerca de los acontecimientos más importantes; para decirlo en un castizo más claro, vivíamos al día con los chismes más bomba.
Un día supe yo que Enrique Serrano había muerto. Estaba preparando cartas para una o dos amigas y, con lágrimas en los ojos, con suspiros incontenibles, con una tristeza infinita, las puse al día acerca de esta tragedia. Nuestro ídolo, nuestro amor platónico, nuestra inspiración intelectual había muerto. No terminaron de llegar mis misivas a sus destinos, cuando una cascada de cartas comenzaron dispersar la dramática noticia entre Latinoamérica, Norteamérica y Europa. Con prisa, muchos comenzaron a contarle a sus propios círculos de amigos con los que se escribían, cosas como:'¿supo que Serrano se murió?' o '¡Qué vaina lo de Enrique Serrano! Tan joven... tendría ¿qué? ¿como treinta y tres años? Claro, la edad de Cristo y con todo ese tema del Péndulo, pues resulta muy poético'. Pronto llegó otra noticia que opacó la triste desaparición de nuestro maestro y hasta se nos olvidó que había muerto.
Arrancaba ya el segundo lustro de los noventa y Enrique Serrano volvió de su tumba renovado y directo a ganarse el Premio Juan Rulfo; con esta noticia, que fue titular de las separatas culturales más importantes de aquellos tiempos, también aparecieron las expresiones de sorpresa y de reproche de todos los que divulgamos su muerte y, muy pronto, todos me señalaron a mí. No tuve una coartada contundente que me liberara de la culpa. A mí me lo contaron y estoy casi segura de que mi fuente fue NOA o CPV, pero ellas se lavaron las manos con jabón Pilatos y lo único que medio logré decir en mi defensa es que había tenido un sueño tan claro que parecía real.
Duré como tres meses saliendo a la calle con gafas oscuras y gorras, porque la vergüenza del asesinato simbólico del maestro, no me permitía caminar erguida o con seguridad. En aquel entonces, yo daba clases en la misma universidad; salía corriendo en cuanto se cumplía el horario, porque no quería encontrarme con alguien que me señalara por un crimen que nunca cometí y nunca sucedió. Un día, bajaba las escaleras y comencé a sentir una presencia sobrenatural que me hizo trastabillar el paso. Era Enrique Serrano reencarnado justo al frente mío, con su mechoncito caprichoso y su sonrisita apenas dibujada. Me derretí y me morí.
Diana, es el colmo que hayas matado a este ilustre personaje!
ResponderEliminarhttp://www.epdlp.com/escritor.php?id=2301
Diani, a mi tambien me llego la noticia y la recibi con mucha tristeza. Pero cuando supe que Enrique estaba vivito y triunfando, no me preocupe por saber de donde habia salido la noticia falsa. Me encanto leer tu relato de los hechos. Estoy segura que Grillo sabe como hacerle llegar esto a Enrique. Esto es para la posteridad!!!
ResponderEliminarCarmen Lucia Duque
No fui yo quien lo mató. Yo fui una víctima más. también lo lloré y obvio, ayudé a difundir la noticia. De lo que si me acuerdo es que después alguien (me gustaría acordarme quién para relatar la historia completa) se lo encontró en el barrio Teusaquillo en la noche y juró haber visto un fantasma. Lo mejor de todo es pensar que Enrique nunca supo que lo quisiéramos tanto.
ResponderEliminarNOA
Para mi que si fue NOA.
ResponderEliminarAtentamente
CPV
El que se lo encontró una noche, en el barrio Teusaquillo, apenas iluminado por la luz de un poste, fue Andrés Salgado. Recuerdo que me dijo que realmente se asustó al verlo. Pero fuimos muy felices al saber que estaba vivo!
ResponderEliminarGilma.