Imaginemos que estoy en la ducha, lavándome la
cabeza y, de repente, se acaba mi champú. Termino de arreglarme, tomo el envase
y lo almaceno en la ‘canasta de retorno’. Allí ya tengo varias botellas desocupadas de vino
y aceite, los empaques plásticos de algunas blusitas y los potes de crema para
el cuerpo.
Llega el momento de hacer las compras y antes de
salir de casa, tomo mi billetera, las llaves de la casa, las bolsas de tela y
la canasta de retorno llena de envases. Una vez en el supermercado, la tienda o
la cigarrería, entrego a la impulsadora, al vendedor o el administrador todos
los envases, y selecciono los productos que voy a comprar, de los que pago solamente el contenido y un
poquito más por lo que puede implicar el proceso de retorno, pero nunca tanto
como para estrenar empaque cada vez que se me agota el producto.
El administrador, la impulsadora o el tendero
arregla los envases por marcas y los entrega al mismo camión o vehículo en el
que llega la mercancía nueva. El conductor se dirige al centro de distribución
o a la planta y entrega los envases y luego recoge nueva mercancía.
En la planta toman los envases que han sido
entregados por todos los camiones en el proceso de retorno, los re-higienizan o
reprocesan, para empacar luego nuevo producto que es el que verdaderamente se
va a consumir. El producto, envasado o empacado en un contenedor que ha
hecho parte del proceso de retorno, es despachado en los camiones de
distribución a las tiendas, supermercados o grandes superficies, donde yo voy y
compro el producto, que es el que importa y el que va por dentro. Yo no hago la
compra por el envase, sino que lo que uso es el contenido.
- ‘Diana, que es costoso y si a las empresas les
implica nuevos gastos no les va a interesar’, me dicen.
- ‘Sí, entiendo, pero nos va a salir más caro a
todos un planeta donde se agoten los recursos naturales; ahora esos recursos que deben estar en la naturaleza los estamos remplazando por
empaques y envases que hemos estado desenchando. ¿No has visto las noticias sobre la isla de basura en el océano Pacífico?’, replico.
- ‘Diana, que en los edificios y en los supermercados
hay canecas para separar las basuras y además hay fundaciones que hacen nuevos
productos con esos envases o empaques’, me insisten.
- ‘Pero no todos los consumidores hacen esa
separación y nadie garantiza que el tratamiento de las basuras luego que sale
de nuestro edificio sea el apropiado, y claro, las fundaciones pueden seguir
haciendo esa labor, pero el impacto no es proporcional al daño que propiciamos todos los días’, manoteo.
Una isla de basura flotando en el océano Pacífico debería ser suficiente motivación para pensar en cosas distintas al dinero. Tengo
este sueño: que los empresarios decidan ensamblar un proceso de retorno de los
empaques y los envases, ganar un poco menos de dinero, mejor dicho, sacrificar un poco la rentabilidad y enseñarnos a todos a
devolver lo que no usamos, el contenedor.
No es fácil, nadie ha dicho eso, pero es
necesario, porque lo verdaderamente importante va por dentro.
¿Cuál es la empresa que se le apunta a comenzar con la revolución de todos sus empaques?



Muy bien... ¿Qué podemos hacer para ir avanzando?
ResponderEliminarHola Anónimo. Gracias por comentar. He estado contándole a amigos que tienen amigos acerca de este modelo y me están ayudando a investigar. Igual, tenemos la idea de hacer movilizaciones simbólicas, y estoy a punto de enviar unas cuantas cartas. A medida que tenga resultados, estaré actualizando.
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