Anecdotario de una bebé sumo

Por años he dedicado mi vida a trabajar la relación comunicación y niñez y con frecuencia le pido a los asistentes a los talleres que recuerden el niño o niña que fueron. No su niño interior, que se caracteriza por la irresponsabilidad, la improvisación y la evasión, sino por la experiencia propia de esos primeros años de vida. Bueno, pues ese ejercicio me lleva a enfrentarme con un fenómeno descomunal pocas veces visto. Yo era una bebé sumo.



Mis carnes rollizas se sobreponían a mi existencia y marcaban unas encantadoras llantas que le hacían homenaje al muñequito de Michelin. Cada pierna era del tamaño de un generoso pernil de cerdo. Mi cabeza estaba pegada al cuerpo, sin tomarse la molestia de atajar por un cuello inexistente. Mis cachetes sobresalían de manera tal que el resto de mis facciones apenas se dibujaban.

Nací, sí señoras y señores, con la cantidad de carne y piel necesarias por el resto de mi vida, y durante estos cuarenta años me dediqué al crecimiento de mis huesos, hasta alcanzar mi 1 metro 72 centímetros de estatura.

En ese entonces, mi hermano de nueve años, tenía amaestrada a una canaria que de cariño le decía Gonzalita. Ella volaba y se paseaba por todo el apartamento, en las Torres de Fenicia, con la libertad condicionada a un acuerdo tácito entre aves y humanos: tú pasas y yo me quito volando. Gonzalita no contaba con que la bebé sumo aprendía a caminar y en uno de sus intentos por lograr algún equilibrio cayó encima de la pajarita, convirtiéndose en una víctima de un sobrepeso temprano. Mi hermano aún no se recupera por su pérdida.

Para mis dos hermanos varones lidiar con mi peso no era tan grave como enfrentar las burlas de los vecinos y amigos. Mi hermano mayor, por proteger mi honra de algún niño que se referió a mí como la gorda (calificativo que era cierto), se fue a puños contra quien resultó ser campeón en artes marciales.

Cuando me quedaba al cuidado de alguno de ellos, la mejor manera de tranquilizar mi llanto era darme teteros con la misma prisa con que los pedía sin tregua. En una noche estuve a punto de explotar, gracias a cinco dosis que me tomé y mis padres me encontraron un poco más inflamada que de costumbre.

Mi hermano mayor jugaba a las carreras de coches con un vecino, y cuando veía que podía perder, impulsaba el coche conmigo adentro, lo soltaba y contaba con que el peso, en armonía con la gravedad, aceleraba el carrito y cruzaba la línea de meta, mientras mis cachetes se agitaban veloces contra el viento.

En el fondo, esa bebé sumo que fui no ha desaparecido, sigue presente recordándome que los primeros años duran por siempre.

Comentarios

  1. que recuerdos me trae esa foto! jamás debió abandonar el texto de la tesis!!

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