Solo, viejo y analfabeta



En 2003, tuve la oportunidad de adelantar un diagnóstico, junto con un grupo de amigos y colegas, que tenía como propósito reconocer el perfil de productores agrícolas de un par de regiones del país. La idea era diseñar un contenido radial que les llamara la atención y que les contara las virtudes de un sistema de siembra y labranza amigable con el medio ambiente. Este trabajo fue contratado por un proyecto llamado PROCAS, de la GTZ y la CAR.
Nos fuimos a Fúquene, Ricaurte y Zipacón en Cundinamarca, a municipios cercanos a Tunja en Boyacá y a la zona del Encano en Nariño. En total contactamos a 58 campesinos y hablamos sobre su familia, sus estudios y su estado civil; vimos cómo vivían y hablamos sobre sus creencias. También les preguntamos sobre sus rutinas laborales y su consumo radial.
Una de las conclusiones más chocantes a la que llegamos fue que el campo se estaba quedando solo, viejo y analfabeta y que la escuela tiene una gran responsabilidad en este fenómeno. Esto era lo que decía el informe en aquel entonces: ‘El 81% de los consultados cursó hasta la primaria, el 16% manifiesta haber estudiado algún grado de bachillerato. El 14% declara haber estudiado algún tipo de curso o taller dentro de la educación no formal. Sólo el 2% ha estudiado en la universidad’.

Nos contaron que los hijos que habían logrado terminar el bachillerato, buscaban a toda costa irse del campo y venirse a la ciudad a encontrar un mejor futuro… muchos de ellos están dedicados a la vigilancia o la construcción; las hijas se han dedicado al servicio doméstico o al aseo en oficinas. Cambiaron el campo abierto, el aire libre, la vida tranquila y los tiempos medidos en lunas, por el cumplimiento de horarios, por cuatro paredes, por horas interminables en el transporte público, por una experiencia en la que la brecha social es tan común que se percibe normal.
Once años después, hay un escándalo en el País (el de P mayúscula, el de los grandes titulares, el de los testimonios del Gobierno) porque obtuvimos el último lugar en la categoría de solución de problemas cotidianos en las pruebas PISA. El 19 y 30 de abril hay una cumbre de líderes por la Educación, organizada por la revista Semana. Hoy, en ese mismo País, se está dando una marcha campesina, con viejas y nuevas quejas y exigencias.
Mientras tanto, millones de campesinos de nuestro país (el de p minúscula, el que guerrea todos los días por sobrevivir, el que mide sus rutinas en tiempos lunares) amanecen muy temprano cada día, se toman su café cerrero y arrancan sus jornadas, viendo con resignación cómo la tierrita cada vez se pone más pequeña, los frutos cada vez son menos y sus hijos cada vez se van más lejos.
Ese diagnóstico fue hace más de una década, pero me juego mi trompo y mi alcancía a que los resultados son iguales o aún peores en este momento. Tenemos un sistema educativo que estandariza una forma de vida en la que se idealiza la lógica urbana. Los jóvenes campesinos no ven en el campo un futuro posible o prometedor que les permita ‘realizarse’ como personas.
Escuela Nueva es un modelo que está pensado para ir a donde está el campesino y hacer un proceso ajustado a sus condiciones e intereses, pero está lejos de ser una política de impacto general. 
Entre más tiempo pase sin que atendamos al campo con educación, aceleramos el deterioro de la tierra y aseguramos la extinción de nuestros campesinos.

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