Mi nombre es Melciades, tengo 69 años y puedo decir que soy
un hombre bueno, confiable, aunque he cometido mis errores porque hay cosas que
me dan mucha rabia. Lo que me enfurece es cuando pasan cosas malas a la gente
buena o cuando hay gente que toma ventaja de sus paisanos, o cuando abusan de
la confianza de un hombre como yo, que soy bueno. Ya casito termino de pagar uno
de mis mayores errores, pero lo he hecho humilde y dignamente. La verdad no sé
si estoy arrepentido, pero sí sé que me equivoqué.


Desde joven supe que había que actuar de modo correcto. Mis
padres me enseñaron que debía seguir el camino normal de las cosas, trabajar,
casarme y formar una familia. Mi familia era la Fidelia. La conocí cuando era
una niña de 15 años y yo tenía 30, en seguida gusté de ella y ella de mí, me lo
pareció a mí. Su papá estaba como encartado con la chinita, porque era la única
mujer entre cuatro hermanos y no la dejaban hacer nada por su cuenta. Yo lo
desencarté y me casé con ella.
Con la Fidelia nos dedicamos al campo, a vivir de la
tierrita, a vender las fruticas en el pueblo, a ir a misa, y a tener sexo
sagradamente cada ocho días, los sábados por la noche, después de volver del
mercado.
Teníamos una vida tranquila, menos cuando venía Fausto, mi
cuñado. Siempre me pareció que era la personificación de lo que me enfurecía,
abusaba de las mujeres, se emborrachaba y le deba por echar disparos al aire y
a pelear con todo el mundo. A mí me daba mucha rabia y me daban ganas de darle
su paliza, pero yo soy un hombre bueno, no de violencias, así que me aguantaba
y le pedía a la Fidelia que lo mantuviera alejadito de mí.
Montamos nuestra finquita muy cerca del terreno del Tito, mi
compadre, mi mejor amigo desde la escuela, prácticamente mi hermano. El Tito no
era casado, ni tenía mujer, ni familia. Siempre pensé que era como raro, pero
como hombre bueno, lo acepté y nunca le pregunté que su vida qué.


Hoy es el último fin de semana que salgo de permiso. Me he
portado muy bien en estos años, porque en realidad soy bueno. Así que los
guardas confían en mí. Arreglo mi bolso con ropa para dos días, mientras
regreso para terminar esta prueba. Por eso me llegan los recuerdos.
Con el Tito y la Fidelia celebrábamos momentos especiales. A
mí no me gustaba que la Fidelia tomara chicha porque comenzaba a decir cosas
que me incomodaban. Yo la trataba bien, tenía su casa, su comida, su cuidado y
ella quería hacer cosas por su cuenta. Pedía que fuera más cariñoso con ella,
yo no entendía porqué si yo era tan cariñoso como mis papás lo habían sido
conmigo.
Le compré una máquina de coser para que hiciera sus cosas, a
ver si con eso quedaba tranquila. Comenzó a ir al pueblo los domingos a llevar las
batas que le pedían las señoras que vivían en las casas de la plaza, las más
adineradas.
Yo no tenía carro y a la Fidelia no le gustaba que la
llevara a caballo, así que salía a la carretera a esperar la chiva. La cosa de
seguridad se estaba poniendo complicada, y a mí me preocupaba que a la vieja le
pasara algo. La guerrilla ya había pasado por ahí y prometió volver. Compré un
revólver solo para prevenir, porque yo soy de verdad bueno y no me gustan las
armas ni la violencia. Mi mujer insistía en que necesitaba hacer eso por sus
propios medios.
Con el paso del tiempo el sexo semanal dejó de ser sagrado.
Ya la Fidelia no se acostaba conmigo, porque tenía dolor de cabeza, dolor de
piernas, dolor de oídos y hasta dolor de corazón, me dijo. A mí eso comenzó a
enfurecerse porque yo, que la he tratado bien como mujer, lo que quiero es que
se comporte como lo que es.
Ese domingo muy temprano la Fidelia me sirvió la agüepanela
con queso y salió a la carretera a esperar la chiva que la llevara como todos
los domingos. La noche anterior yo estaba muy rabioso porque la vieja otra vez
me rechazó, yo no lo permití y prácticamente le enseñé cómo son las reglas en
esta casa. Lloró toda la noche y al día siguiente se fue.
La veía desde la carretera como cada ocho días irse para el
pueblo. Ahí vi llegar el campero de mi compadre. Paró y le preguntó a la
Fidelia si la llevaba que iba por la zona
y se subió. El Tito me saludó con la mano y me dijo “adiós, compadre”.
El campero se iba alejando mientras a mi cabeza llegaba esa misma imagen
repetida varias veces, cada una correspondía a un domingo distinto en que había
pasado lo mismo y yo no me había dado cuenta.
Me volvió la furia, lo que estaba pensando no podía estar
pasando. Todavía alcanzaba a ver la estela que levantaba el carro que se
llevaba a mi mujer con otro hombre, con mi compadre. Ensillé la bestia y por
instinto agarré el revólver. Avancé con sigilo por el monte hasta que vi que
pararon en una casa blanca, muy blanca, a la entrada del pueblo. No terminaban
de entrar cuando el maldito estaba comiéndose a mordiscos a la Fidelia en la
puerta.
Dejé de pensar, paré de respirar, solo sentía el galope del
corazón llenándose de vergüenza, venganza, ira, todas esas cosas que antes jamás
había sentido. Los encontré desnudos atarzanados en un solo cuerpo con dos
cabezas y ocho patas. Nunca pensé que algo así fuera posible. A la Fidelia yo me
la montaba y luego me bajaba.
En ese momento ella gritaba, él gemía y la pasión no les
dejaba darse cuenta de mi presencia. Lleno de rabia grité con todas mis fuerzas
‘ADIÓS COMPADRE’ y les descargué cuatro tiros al infeliz y otros cuatro a la
traidora.
Fui feliz cuando dejé de escuchar los gritos y los gemidos.
Todo quedó en silencio, solo escuchaba a mi corazón que recuperaba un ritmo
cada vez más silencioso. Me quedé un tiempo que pareció infinito, hasta que
comencé a ver lo que había hecho. Sentí ira, me equivoqué y los maté. Mal
hecho.
Salí de la casa blanca, me subí al caballo y fui directo a
la estación de policía. Me entregué, confesé y los llevé donde estaba mi
familia muerta. Por primera vez lloré, me había quedado solo.
En quince días recobro la libertad por completo y puedo
comenzar a vivir lo que me queda. Estoy en la puerta de la cárcel, respirando
profundo como cada vez que salgo de permiso y miro lado a lado de la calle para
ver la gente buena que pasa por ahí. Doy un paso hacia delante y veo una figura
conocida que se acerca con actitud violenta y familiar. Es mi cuñado, el
Fausto, que me grita ‘ahí viene el hombre bueno’, saca la mano de su bolsillo y
me apunta con un revólver. Ahora se apaga el corazón de un hombre que siempre
quiso ser bueno.
Fotos: Lorena Cantillo
Fotos: Lorena Cantillo
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