Mi generación de paz


Soy Juliana, tengo 18 años y, de acuerdo con la Constitución del país en que nací, soy mayor de edad. Llegué a este mundo el 2 de octubre de 2016 a las 4:01 p.m. Soy colombiana, el último país que estuvo en guerra en América y tengo que admitir que eso me da un poco de vergüenza. Aunque no la he experimentado en vivo y en directo, sé que la guerra no tiene ningún propósito positivo, no habita ningún orgullo en ella.

Sé de la guerra que se vivió en mi país por mis padres. Me cuentan con frecuencia que el año en que yo nací sucedieron muchos cambios. Mi padre era optimista, mi madre incrédula. Habían crecido en medio del miedo, la zozobra, los sobresaltos, las prevenciones. Todavía les veo el temor en los ojos, en lo más hondo de sus días percibo que todavía no se han curado, que reaccionan con pánico a los estímulos fuertes. Quedaron malitos de la tranquilidad.


¿Cómo pudo vivir un país entero de esa manera y por tanto tiempo? Es algo que no entiendo, tal vez porque no lo he encarnado y tengo la sospecha de que los textos de historia se han quedado cortos en sus datos y detalles.

Es la primera vez que puedo votar y conmigo miles de jóvenes que nacieron en 2016. Nos llaman "la generación de paz". Yo quiero pensar que somos una generación viviendo en condiciones distintas, pero sí creo que en nuestras manos está evolucionar. Conocemos a nuestros candidatos, sabemos cuáles son las necesidades de nuestros pueblos, tenemos claro cuál es nuestra responsabilidad.

Reconstruir un país que ha sido dañado durante tanto tiempo es una tarea compleja. Mi generación de paz ha hecho lo posible pero sabe que falta mucho y que seguro le tocará lo mejor a la generación que nos sigue. Estudio, trabajo y comparto con los hijos de los que hicieron la guerra desde muchos lugares, desde el monte, y desde las ciudades: somos hijos de la guerrilla, los paramilitares, los soldados, las empresas, los dueños de fincas, los políticos, los funcionarios. Somos los hijos de los hijos de hijos que armaron una sociedad injusta y cruda. Y la verdad, ninguno de nosotros le haya ningún sentido a todo el odio que se disparó.

Mi generación de paz le agradece a quienes hicieron posible que las condiciones para nuestra vida fueran un poco distinta. De no haber sido así, seguro yo no estaría viviendo mi vida, sino sobreviviendo en contra de alguien, juzgando al contemporáneo que estuviera empuñando un arma en un campo de guerra, sufriendo y añorando un porvenir que no llega como le tocó a mis padres y a mis abuelos.

Hoy todo es distinto, difícil, pero un poco mejor que antes. ¡GRACIAS!

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